Con los años a mi familia le encantaba renovar los muebles, porque se podía, porque llegaban bonos, y el ahorro, y los trabajos extras del viejo, y el pequeño con beca, y yo en la cama. Las impresiones eran muy diversas y bueno, cada cierto tiempo disfrutaba de los recién llegados, los movía sin reproches en función de lo que el día pidiera (no los astros, han estado ocupados últimamente, mejor no molestar).
El tema es que cuando uno ve trastos así en museos, en tiendas, piensa en cómo se verían en su casa, al menos mi familia era así, con todo. Es decir, mi cama es la misma desde que nací y nunca dejo las ventanas abiertas. Sólo una, a veces, cuando hace calor, o frío. Cuál es la diferencia. El tiempo transcurre y la decoración aquí cada vez saca menos suspiros, esos que dan ganas de repetir una y mil veces, como la primera carta terminando alguna de las cuatro estaciones, como cuando se alcanza el tono en ésa canción en especial, o al pasar la última página. Frente a todo, todos los conocen como "los nuevos". Increíblemente los que estaban antes ya no significan nada, y si dejaron huellas son sólo reparaciones a futuro para los que vienen entrando.
El otro día nada más traté de recordar el lugar que ocupaban en la sala de estar, en el comedor, y simplemente no podía, traté de dormir para ver si en sueños volvían a mi esas imágenes, pero el enano me despertó de un golpe porque quería que jugáramos. Finalmente, las sábanas tienen tanto poder. Esa noche me dormí cansado, la final a penales con mi hermanito fue digna de una final de campeonato. Entonces los vi, entonces recordé, entonces me senté. Vuelta a la cocina, paseo por el patio y me senté. Después, los nuevos. Ahora, mi almohada, la nueva, la peor.